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#TBT: Carla Quevedo, la actriz que reparte su vida entre la escritura y la lucha feminista

noviembre 7, 2019

Es actriz casi sin darse cuenta, porque se radicó en Nueva York para probar suerte y ahora, camina al estrellato. Hizo un papel en la serie de El Trece El Maestro. Allí hacía de una bailarina de ballet, Luisa, a quien definimos como “una chica humilde con un mundo emocional riquísimo”. Para ello entrenaba cinco veces por semana con Raúl Candal, maestro que la hizo bailar en puntas de pie en tres meses. Una chica con perseverancia y, sobre todo, con personalidad propia para pararse al lado del gran Julio Chávez en cada prime time.

¿Cuándo supiste que querías trabajar como actriz?
Representar, inventar, mentir y filmarme siempre me fue tan natural que nunca me planteé hacerlo “en serio”. Para mí era un juego, una manera de explorarme a mí misma, y en cierto punto sigue siéndolo. Me cuesta definirme como actriz. Creo que soy otras cosas y disfruto –al menos entre el “acción” y el “corte”– trabajando de esto. Cuando estuve por primera vez en un set, hace más de diez años, filmando El secreto de sus ojos, supe que quería transformarlo en mi trabajo, precisamente porque no lo sentía como tal.

¿Qué disciplina preferís, la TV, el cine o el teatro?
El cine, porque es donde hay más lugar para el trabajo de personaje junto al director. Disfruto mucho de ese proceso, más intelectual, de análisis psicológico. O la televisión formato serie. El teatro me encanta leerlo y verlo, pero sufro haciéndolo. Hay algo del hecho de que el público esté presente durante el proceso que me paraliza.

Contanos de tu papel en El Maestro, ¿qué fue lo más desafiante que tuvo?
Sin dudas la exigencia física. Cuando fui al casting me decidí por el “fake it till you make it”, y antes de saber que había quedado me anoté en ballet. Arranqué en enero a entrenar. Al principio me costaba terminar la clase. Hasta que me dijeron que había quedado, y esa clase la hice entera llorando. El maestro se reía, pero al final me abrazó y me dijo que le daba orgullo que me hubiera quedado a pesar del miedo, que con eso ya era más bailarina que cuando lograra ponerme las puntas.

Si tuvieras que elegir con quién trabajar, ¿con quién lo harías?
La verdad es que trabajé con muchísima de la gente que admiro, tuve bastante suerte en mi carrera.

¿Creés que la belleza es imprescindible o al menos una buena carta de presentación?
Creo que la belleza es imprescindible, y cuando digo “belleza” me refiero a la inmundicia también. Me parece ineludible encontrar y proyectar belleza en todos lados, aprender a amar lo lindo y lo feo de uno para poder transformarlo en algo bello. La belleza física no es nada más que eso, un atributo físico, que sí, lamentablemente en este medio muchas veces acelera el proceso del éxito. Pero haber ganado la lotería genética no es mérito en sí, para mí hay mil cosas más importantes.

¿Cuál es tu rutina de belleza?
Podría responder esta pregunta mintiendo, pero no creo ser un buen ejemplo para nadie. Estoy más linda cuando estoy enamorada, de otro, de mí, de la comida que me cociné.

¿Cómo te definirías?
Soy un paquete de Pringles light y sin sal, en el que quedan dos o tres papas al fondo, y el mundo es una mano un tanto gordita que no las puede alcanzar.

¿Qué serías si no fueras actriz?
Escritora. Escribir siempre fue mi primera opción.

¿Lo que más te atrae de un hombre?
Idealmente me atrae la inteligencia y el sentido del humor. Pero como dice esa canción de Tango Feroz: “pero el trauma infantil es más fuerte”. Formamos el ideal romántico durante la infancia, mi papá me escribía canciones y siempre mintió muy bien, así que siempre termino enganchada con músicos, actores, sociópatas, o las tres cosas juntas.

¿Lo peor y lo mejor de vivir en NYC?
Que nunca terminé de sentirme parte, hay algo del no pertenecer que me resulta reconfortante. Y a su vez, que a donde vayas siempre te encontrás. O quizás eso sea lo mejor.

(Esta nota fue publicada en la edición verano 2017 de Revista Mustique)