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Ahogados en un mar de plástico

septiembre 29, 2019

Todavía uno se puede encontrar en la playa un plástico que se inventó en 1860. Y esto pasa porque este material tan económico y práctico para utilizar necesita unos 450 años para descomponerse.
Éste problema es cada vez más grave, ya que cada año acaban en el océano unos ocho millones de toneladas de plástico, y hoy lidiamos con 8.300 millones de toneladas de este material.

Cuando uno usa una bolsa de plástico, del supermercado o para trasladar algo de una tienda a otro lugar, le da una vida últil de un promedio de un cuarto de hora. A pesar de que los plásticos han facilitado la vida, hoy constituyen una gran parte de los residuos que ahogan los océanos.

Hoy tenemos mucha información al respecto y campañas que ayudan a concientizar, pero no es suficiente para poder revertir esta situación. Todos aprendimos a recoger basura, a desecharla, y luego algunos intentan encontrar la manera de reciclarla. Pero, la clave está en crear las instituciones e implementar los sistemas necesarios para ello, ordenarlos, y comprender que si no hay un sistema atrás que obligue a controlar la produccion del plástico y su uso, el futuro que nos espera es bastante peor del que nosotros mismos podríamos imaginar.

Según un artículo de National Geographic, más de 6.300 millones del plástico con el que lidiamos se han convertido en residuos. Y de esos residuos, 5.700 millones de toneladas no han pasado nunca por un contenedor de reciclaje, una cifra que dejó atónitos a los científicos que la calcularon en 2017.

El depósito final de toda la basura del planeta, es el mar. En 2015 Jenna Jambeck, profesora de ingeniería de la Universidad de Georgia, realizó un cálculo que es imposible de tomar por alto: entre 4,8 y 12,7 millones de toneladas al año llegan al mar, solo contando el procedente de las regiones costeras. La mayor parte de los residuos plásticos que llegan al océano no los vierten los barcos, afirman Jambeck y sus colegas, sino que se tiran sin más al suelo o a los ríos, sobre todo en Asia. El viento o la escorrentía los arrastran luego al mar.

Con este panorama, se cree que el plástico que invade los océanos mata millones de animales marinos al año. Hay constancia de que afecta alrededor de 700 especies, algunas en peligro de extinción. En muchos casos éstos daños son visibles, los vemos en las noticias a los animales estrangulados por redes de pesca o por los aros que unen los packs de las latas de bebida, o con pajitas dentro del esófago de ellos, o simplemente con bolsas que los ahogan o intoxican. En otros muchos casos los daños son totalmente invisibles.

Especies marinas de todos los tamaños, desde el zooplancton hasta las ballenas, están ingiriendo los llamados “microplásticos”, que es como se conoce a los fragmentos de menos de cinco milímetros. Hoy en día, hay playas de todas partes del mundo, en las cuales uno se puede undir en microplásticos, creyendo que está pisando una arena un poco más aspera que de costumbre. Es una catástrofe que se encuentra en la misma magnitud que el cambio climático, el cual venimos esuchando hace décadas.

Se han hallado microplásticos en todos los lugares del océano donde se han buscado, desde los sedimentos del lecho marino más profundo hasta los hielos flotantes del Ártico (que, según una estimación, a medida que se vayan fundiendo en la próxima década, podrían soltar al agua más de un billón de fragmentos de plástico). En algunas playas de la isla de Hawai, hasta el 15% de la arena es en realidad un granulado de microplásticos.
Dos estudios alertan de la presencia de microplásticos en la atmósfera y de cómo estos afectan a las bacterias que producen el 10% del oxígeno de la Tierra. Un estudio titulado “Atmospheric transport and deposition of microplastics in a remote mountain catchment”, publicado el pasado mes de abril en revista especializada Nature Geoscience, informa cómo los microplásticos pueden viajar a través de la atmósfera y terminar en regiones muy alejadas de su fuente de emisión original. Desde distancias de al menos 100 kilómetros, proporcionando una explicación a como podía haberse encontrado tal cantidad en una zona de montaña como los Pirineos. Por lo tanto, el transporte atmosférico puede ser una vía importante por la cual los microplásticos pueden alcanzar e impactar regiones prístinas que se creían ajenas al problema, pero también el indicio necesario para sospechar que además del plástico que acaba en nuestro organismo a través de su acumulación en las cadenas tróficas, podríamos estar respirando considerables cantidades de plástico.
Pero esto no es todo. Se podría pensar que el oxígeno en la Tierra procede en su totalidad de las plantas. No obstante, nada más lejos de la realidad, el 10% del oxígeno que respiramos proviene de un género de bacteria llamada Prochlorococcus que habita en el océano. Y se ha demostrado que estas bacterias son susceptibles a la contaminación plástica. Estos pequeños microorganismos son críticos para la red alimentaria marina, contribuyen al ciclo del carbono y se cree que son responsables de hasta el 10% de la producción global total de oxígeno.
La producción mundial de plástico ha registrado un aumento exponencial. De 2,1 millones de toneladas en 1950 pasó a 147 millones en 1993 y a 407 millones en 2015, pero esta cantidad de plástico monstruosa no está a la vista en esta magnitud, y eso es porque se deshace en trocitos tan pequeños que casi no se ven, no se perciben, pero están ahí, invadiendo las playas, los mares, y los estómagos tanto de la vida animal como de nosotros. Una sola bolsa se puede transformar en 1,75 millones de fragmentos microscópicos. En una cumbre internacional celebrada en Nairobi el pasado mes de diciembre, el director ejecutivo del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente habló de “Armagedón oceánico”.

Según los investigadores, estamos a tiempo de que esta situación mejore. Y no se trata de mejorar un problema estético para los océanos o para nuestras playas, sino que tenemos pruebas suficientes para actuar ahora y no esperar que los títulares de todos los diarios digan que es peligroso comer pescado para nuestra salud.

No hay dudas de que el plástico nos ha cambiado la vida. Gracias a su invento podemos llegar al espacio, volar en avión, ha revolucionado la medicina a gran escala. Los autos son más rápidos, económicos y livianos, ahorrando combustible y a su vez reduciendo la contaminación. Podemos envolver alimentos para que duren más, nos protegen con los airbags, incubadoras, y gracias a él se puede llevar agua potable a las poblaciones pobres en esas botellas desechables que hoy demonizamos. También contribuyó con vidas animnales. A mediados del siglo XIX las teclas de los pianos, las bolas de billar, los peines y los mangos de las afeitadoras, abanicos y muchos más productos se fabricaban con marfil. Como la población de elefantes estaba en riesgo y este material natural era caro y escaso, un fabricante de Nueva York ofreció una recompensa de 10.000 dólares a quien idease una alternativa.

Según cuenta Susan Freinkel en su libro “Plástico”, un inventor aficionado llamado John Wesley Hyatt aceptó el reto. Su nuevo material, el celuloide, estaba hecho de celulosa, el polímero presente en todas las plantas. La empresa de Hyatt anunciaba que su producto eliminaría la necesidad “de saquear la Tierra en busca de sustancias cada vez más escasas”. Además de salvar algún que otro elefante, el celuloide también ayudó a que el billar pasara de ser un pasatiempo aristocrático a un juego de bar de la clase obrera.

Es un ejemplo trivial de la revolución radical obrada por el plástico: el advenimiento de una era de abundancia material. La revolución se aceleró a principios del siglo XX, cuando los plásticos empezaron a fabricarse con la misma materia que nos estaba proporcionando energía abundante y barata: el petróleo. Las chimeneas de las refinerías expulsaban gases como el etileno. Y los químicos descubrieron que podían usar esos gases como unidades básicas –o monómeros– para crear todo tipo de polímeros novedosos (como, por ejemplo, el tereftalato de polietileno, o PET), en vez de limitarse a trabajar con polímeros que ya existían en la naturaleza. Se abrió un mundo de posibilidades. Todo podía fabricarse con plástico, y de hecho se fabricó, porque el plástico era barato.

Tan barato que empezamos a fabricar objetos que no pensábamos conservar. En 1955 Life publicó una foto con el titular “Vida de usar y tirar” que mostraba a una familia lanzando al aire platos, vasos y cubiertos. Seis décadas después, en torno al 40 % de los más de 407 millones de toneladas de plástico que se producen al año es desechable, y la mayoría se usa en envases diseñados para tirarse a la basura a los pocos minutos de adquirirse. La producción ha aumentado a un ritmo tan vertiginoso que prácticamente la mitad de todo el plástico de la historia se ha fabricado en los últimos 15 años. Y este aumento ha superado nuestra capacidad de gestionar los residuos: de ahí el drama de los océanos.

Los problemas por resolver se ponen de manifiesto a diario. Una mínima parte del problema se ve aliviado por el sector informal del reciclaje que se realiza mediante fundaciones, campañas y movilizaciones. Pero esto no es suficiente, habría que fundar un sistema de gestión de residuos como es debido que subvencione la recogida de plásticos. Y la culpa no es solo de quienes arrojan los plásticos, sino de quienes fabrican los plásticos desechables y fomentan su uso.

Lo más esperanzador en lo relativo a la basura plástica es la explosión de interés que despierta últimamente, e incluso de iniciativas serias para solucionarlo. Las buenas noticias posteriores a 2014 serían, entre otras, las siguientes: Kenya se sumó a la creciente lista de países que han prohibido las bolsas de plástico, con sanciones y penas de cárcel para los infractores; Francia ha anunciado que prohibirá las vajillas de plástico en 2020; este año entra en vigor en Estados Unidos, Canadá, Reino Unido y otros cuatro países la prohibición de incluir microperlas (exfoliantes) en los cosméticos: los fabricantes las están retirando progresivamente.

Parecería que las empresas empiezan a responder ante esta realidad. Coca-Cola anunció que pretende “recoger y reciclar el equivalente” al 100 % de sus envases hacia 2030. Esta y otras multinacionales, como PepsiCo, Amcor y Unilever, se han comprometido a usar envases totalmente reutilizables, reciclables o compostables antes de 2025. Y Johnson & Johnson está volviendo a fabricar el palito de sus bastoncillos higiénicos con papel. Por lo tanto, hay que lograr reemplazar el plástico por materiales biodegradables o más reciclabes, y acompañar esto con más empresas de camiones de basura que participen en la recoleccion de basura y vertederos, tanto para luego ser reciclada o incinerada.
Hay que lograr al final del camino, junto a todos estos protagonistas, que el plástico no llegue a los océanos. Se estima que el peso del plástico en los océanos superará al de los peces para el año 2050. Estamos a tiempo, actuemos.

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