Viajes


Sudáfrica sin safari

septiembre 5, 2019

Es la tierra de los leones y las jirafas, de los zulúes y los bosquimanos. El imaginario popular ha convertido a Sudáfrica en un inequívoco símbolo de naturaleza salvaje y etnias indómitas. Sin embargo, su mundo es también sinónimo de excelentes vinos.

Asentados en una muy larga tradición que se inició hace más de tres siglos y medio con la llegada de los primeros colonos holandeses, los viñedos son una parte esencial del perfil geográfico e histórico de las tierras sudafricanas. A lo largo del país, la vitivinicultura cuenta con más de 100.000 hectáreas sembradas y una producción anual que ronda los mil millones de litros, cantidad suficiente como para haberlo transformado en el noveno productor de vinos a nivel mundial en la actualidad.


Haciéndose eco de esta realidad, Sudáfrica cuenta con varias rutas enoturísticas que recorren viñedos y bodegas en regiones de entornos maravillosos. De todas ellas, sin dudas la más atractiva es la llamada Ruta del Vino de la región del Cabo Occidental, que se extiende al este de Ciudad del Cabo y permite, a lo largo de 160 kilómetros de carreteras flanqueadas por serranías, adentrase en la zona donde se inició la producción de vinos en Sudáfrica, a fines del siglo XVII. Historia pura, de buena cepa.


El lógico punto de partida de la Ruta del Cabo Occidental es Groot Constantia, la bodega más antigua del país. Fundada en 1685 en el valle de Constantia, sus antiguos viñedos produjeron el famoso Vin de Constance, una bebida que adquirió enorme reputación en el siglo XVIII y que se dice era la preferida del mismísimo Napoleón Bonaparte. Groot Constantia nació gracias al empeño de decenas de familias de hugonotes franceses que habían llegado hasta el sur de África escapando de la persecución del rey Luis XIV. Conocedores del arte del vino, fueron bien recibidos en los valles por los primeros colonos holandeses que ya estaban allí desde hacía más de treinta años. Juntos, levantaron una finca cuyo edificio original aún se conserva y se puede visitar.
A aproximadamente setenta kilómetros de Ciudad del Cabo, el rumbo enoturístico nos lleva a Stellenbosch, una vieja ciudad en cuya periferia se encuentran muchas de las bodegas de mayor tradición de toda la región. Fundado en 1679, Stellenbosch fue el segundo asentamiento europeo en tierras sudafricanas, y ya desde aquellos tiempos es conocido como el paraíso del pinotage, una cepa endémica de tierras sudafricanas que nació de la mezcla del pinot noir y el cinsaut. Sin lugar a dudas, en Stellenbosch se pueden degustar los mejores vinos sudafricanos, en especial los producidos en las bodegas Vredenheim, Asara, Spier y Boschendal, cuatro de las más emblemáticas del país. Entre vino y vino, en la recorrida por estas fincas no debe dejar de visitarse la reserva de fauna que ofrece Vredenheim, en la que se pueden ver cebras, avestruces, órix y algunos springboks (la gacela, que es el animal nacional de Sudáfrica).


Hacia el noroeste, la ruta lleva luego a Paarl, otra de las regiones ligadas a la colonización de los hugonotes franceses y que fue en algún momento el centro de la producción vitivinícola sudafricana. En Paarl funciona la enorme bodega KWV, una gran cooperativa de viñadores nacida en 1918, hoy enteramente en manos privadas, y que produce un centenar de productos, entre ellos, algunas excelentes variedades de oporto y brandy. Y, finalmente, la Ruta del Vino de la región del Cabo Occidental completa su larga senda en el valle del río Breede, una zona ideal para las cosechas gracias a las temperaturas moderadas y a un promedio anual de lluvias que nunca supera los 400 mm. Degustaciones de variedades de semillon y sauvignon blanc resultan inolvidables mientras se recorren bodegas centenarias, como Botha Kelder, Slanghoek, Seven Oaks o Merwida. Un itinerario de sabores que suele coronarse con un paseo por el río Breede. Sobre la cubierta de una pequeña embarcación, mirando cómo se pone el sol tras las aguas tranquilas, degustar una copa de un buen muscadet resulta algo sencillamente inolvidable.

Texto y fotos: Chino Albertoni

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